CAPACITACIÓN EN COORDINACIÓN DE GRUPOS Y EQUIPOS, CON MULTIRECURSOS TÉCNICOS

(en el campo de la salud, la educación, lo organizacional y lo comunitario)

 
 
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Presentación del libro

Presentación del libro: “Coordinando Grupos. Una lógica para los pequeños grupos”

Instituto de Investigaciones
                                      Grupales

Presentación del libro de Graciela Jasiner.
“Coordinando Grupos. Una lógica para los pequeños grupos”.
(Lugar Editorial).

Mesa redonda a cargo de Liliana Donzis, Ana María Fernandez, Hernan Kesselman, Ana Quiroga e Isidoro Vegh

Luis Gui : Buenas noches, bienvenidos. Siempre es un acto maravilloso el hecho de estar ante la presentación de un libro, y en este caso el libro que estamos presentando es Coordinando grupos: una lógica para los pequeños grupos , de Graciela Jasiner. Le agradezco a Graciela que me haya invitado a moderar este prestigioso panel, compuesto por quienes nos contarán, nos darán una imagen de lo que el libro es. Bueno, y después cada uno de todos nosotros al leerlo tendremos nuestras propias impresiones.

 

Quiero presentar al panel que nos va a acompañar hoy. Inicialmente Liliana Donzis, presidenta de la Escuela Freudiana de Buenos Aires, autora del libro Jugar, educar y escribir: psicoanálisis con niños .

Ana María Fernández , titular de la cátedra de Teoría y Técnica de Grupos de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires, autora –entre otros libros- de El campo grupal, notas para una genealogía . Hernán Kesselman, director del Centro de Psicoanálisis y Técnicas Operativas, y autor –entre otros– de La multiplicación dramática . Ana Quiroga, directora de la primera Escuela de Psicología Social fundada por el Doctor Enrique Pichon Rivière, entre sus múltiples producciones autora de Enfoques y perspectivas en psicología social . Isidoro Vegh, miembro fundador de la Escuela Freudiana de Buenos Aires, autor –entre otros libros– de El prójimo: enlaces y desenlaces del goce . Y por último, tal vez cuando terminemos le pidamos a Graciela que comparta con nosotros algunas palabras. Ella es directora del Instituto de Investigaciones Grupales y miembro de la Escuela Freudiana de Buenos Aires, y seguramente nos va a comentar algo de todas las resonancias que queden sobre la presentación de su libro.

Bueno, entonces vamos a empezar con Liliana Donzis.

Liliana Donzis : Hola, buenas noches. Tengo el honor de haber sido invitada por Graciela a presentar su libro Coordinando grupos: una lógica para los pequeños grupos . Es una grata invitación la que me cursó Graciela, y también es una gratísima noticia que este libro se haya publicado. Por muchos y variados motivos, así que voy a empezar por el final.

Es un libro importante, el de Graciela. Es un libro no sólo que vale la pena leer, sino que además tiene la osadía de aunar psicoanálisis de la mejor estofa y una problemática, un campo problemático que es el campo de los grupos. Entonces, ésta es una de las grandes noticias de la existencia de este libro.

También es una gran noticia que una amiga como Graciela lo presente, y que en este tema tan poco transitado en la actualidad en Buenos Aires, un poco transitado en el sentido de la reflexión –de la reflexión escrita– podamos empezar a compartirlo y a debatirlo.

También para mí es un honor compartir este espacio con amigos y colegas muy queridos que seguramente nos asombrarán con sus palabras, pero que además un poco más a unos que a otros los conozco de diferentes momentos de mi vida.

Es decir que estar aquí concierne a mi propia historia. Incluso compartir el espacio de la Escuela Freudiana con Graciela. A mi propia historia en relación a la práctica con y en grupos.

Cada página del libro que hoy presentamos evocó mis reflexiones. Tanto mis reflexiones de antes como las de ahora. También evocó mi juventud –no tan lejana, desde ya–. Y también evocan la vida misma.

Encontré en el libro de Graciela una renovada y excelente apreciación, y también una profunda investigación, sobre los pequeños grupos, tal como ella los llama. Puedo decir que nos presenta un recorrido que desde Pichon Rivière hasta nuestros días se fue transformando en su decir y su praxis . ¿Ha cambiado la concepción de los grupos entre antaño y ahora? Ésa es mi pregunta, y creo que Graciela trae una respuesta bien fuerte.

Entiendo que hay un cambio en la concepción, y además me parece que vale la pena subrayar desde el título mismo: Coordinando , en gerundio. Coordinando , en activo. Coordinando una praxis, activamente se mete en la praxis con los grupos.

Advertimos entonces que este volumen concierne a una praxis , es decir a una articulación entre teoría y práctica. Un activo hacer en un campo del saber. Mancomunados hacer y saber, es decir, ella nos porta y creo que nos lo dice a cada momento en su libro, que porta un saber hacer. Nosotros con la Escuela, nosotros con Lacan sabemos decir “savoir faire”, un saber hacer del analista, en este caso una analista que ha tenido la osadía –la osadía– de hablar, de trabajar y de profundizar en esta temática.

Graciela nos invita a una atenta lectura en la que no exagera la profundidad de sus propios avances, lo que surge de su nutrida experiencia, y también trae un aporte ético. Una lectura ética atenta a la lectura de sus maestros. Y esto también es poco frecuente. Es poco frecuente entre nosotros la ética de la cita. Poder invocar y poder mencionar las fuentes en las que se abreva uno en sus lecturas.

La atenta lectura que trae –voy a mencionar algunos– de sus y nuestros maestros: Freud, Lacan, Pichon Rivière, Bion, Pessoa, Isidoro Vegh. En la página 75 dice: “¿Cómo paga cada uno la deuda con sus maestros? Algunos quedan entrampados pagándoles por lo que han recibido; otros, con la sabiduría de la vida que avanza sin cesar, pagamos nuestra deuda hacia abajo con los por-venir, con nuestros hijos, con nuestros discípulos. Allí donde hemos recibido buenas marcas, las que propician, pagaremos en un don a ellos”. Fuerte.

Aquí, entonces, ¿cómo pagamos nuestras deudas?, Borges.

Les voy a hacer un brevísimo comentario. Cuando Graciela me invitó a presentar este libro, mientras hablábamos por teléfono, a mí misma me dije “yo ya sé lo que voy a decir”. Y aún no había leído su libro.

Borges, en El jardín de los senderos que se bifurcan , elegí un texto. Tres o cuatro frases alusivas, y creo que ése es mi don, mi agradecimiento para Graciela. Dice: “Después reflexioné que todas las cosas le suceden a uno precisamente, precisamente ahora. Siglos de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos. Innumerables hombres en el aire, en la tierra, en el mar, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí. A mí también”.

“Antes de exhumar esta carta, yo me había preguntado de qué manera un libro puede ser infinito. No conjeturé otro procedimiento que el de un volumen cíclico, circular. Un volumen cuya última página fuera idéntica a la primera, con posibilidad de continuar indefinidamente.” A mí me pasó esto, leyéndolo. Continúa Borges: “ Recordé también esa noche que está en el centro de Las mil y una noches , cuando la reina Shahrazad (por una mágica distracción del copista) se pone a referir textualmente la historia de Las 1001 Noches, con riesgo de llegar otra vez a la noche en que la refiere, y así hasta lo infinito.”

Luego dice: “Me detuve, como es natural, en la frase: Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan . Casi en el acto comprendí; el jardín de los senderos que se bifurcan era la novela caótica; la frase varios porvenires (no a todos) me sugirió la imagen de la bifurcación en el tiempo, no en el espacio. La relectura general de la obra confirmó esa teoría . En todas las ficciones, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras...”

Es así. Para terminar con lo de Borges: “ Creía en infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas las posibilidades. No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos. En éste, que un favorable azar me depara, usted ha llegado a mi casa; en otro, usted, al atravesar el jardín, me encontró en otro lugar, casi en el lugar del fantasma”

Ahora el jardín real. Yo conocí a Graciela en los años 90. Pero pudimos habernos encontrado en el tiempo en el que estuve muy cerca como analizante y discípula de Tato Pavlovsky. En los 70 –ustedes lo deben recordar bien– podría haber conocido a Graciela por mi amigo Luis Frydlewsky. En este tiempo convergente alojó Graciela las angustias de algunas personas que padecieron las inquisiciones de la dictadura. Y pudo brindar muchísimo, un montón, cuando cada uno cuidaba su pellejo, en el tranvía, en la calle, en su casa.

En otro tiempo convergente, pero aún no nos conocíamos, pensábamos a Guattari y a Lourau. Y sin embargo tampoco nos encontramos en ese espacio, en ese tiempo. Es en un mismo espacio en que nuestras palabras y nuestras ideas convergieron, allí nos conocimos: la Escuela Freudiana de Buenos Aires.

El mayor, entonces, de mis respetos y mis cariños a quien trabajando con grupos en un espacio como la Escuela Freudiana , coordinando ese real, supo la chance de pensar una lógica en tres dimensiones –real, simbólica e imaginaria– de los grupos, en el que no está excluida la tarea.

Estamos ahora en deuda con las reflexiones que nos brinda en un espacio donde se unen todos los espacios. Es decir, en su libro. Los grupos –y esto en agradecimiento a Hernán Kesselman que está aquí– se convirtieron en la escena temida de muchos psicoanalistas de Buenos Aires. Ahora bien, Graciela lo toma en su libro, si los llamamos cartel nos sentimos a veces más tranquilos, pero ¿qué hacemos con los grupos cuando se presenta la ocasión? Graciela afirma: “Si estamos en relación al inconsciente y la transferencia, un psicoanalista tendrá algo que decir y hacer”. Agrego, si se me permite, porque me parece que la teoría de Graciela está en el centro de la producción que nos brinda generosamente la autora, la grupalidad es el campo de la transferencia. Y también es el campo de las identificaciones.

El lazo afectivo, primer lazo afectivo, que Freud llama de identificación, permite al sujeto entrar en el lenguaje para que el lenguaje agujeree el soma, el soma neurótico, y lo haga cuerpo humano. Cuerpo de la palabra. En ese estado, el otro que solemos llamar Otro con mayúscula, el Otro materno, el Otro primordial, nos transmite la lengua materna que nos invita a un nuevo lazo con el lenguaje que nos humaniza. Y por ende, y fuertemente, en un enlace con los otros.

He ahí, si le pasa esto a un niño será un niño bien encaminado. ¿Qué quiere decir? Que el niño debe estar con otros, es decir, que pueda transitar por la vida de los grupos. Recomiendo entonces – y no es lo que yo digo–, lo que dice Graciela para que podamos transitar por ellos. Gracias

 

Luis Gui : Bien, le damos la palabra a Ana María Fernández.

 

Ana María Fernández : Bueno, yo voy a empezar con lo que es aparentemente un detalle, que es la composición de esta mesa, que delimita ciertas características de este evento. Me parece que esta configuración pone en acto el libro y actualiza los recorridos intelectuales e institucionales de Graciela Jasiner.

Pluralidad de inscripciones institucionales, marcos conceptuales de los y las comentaristas. La convocatoria pensada por Graciela Jasiner para presentar este libro invita a desterritorializar para poder pensar al grupo. No se trata de un mero juntar personas significativas en sus universos intelectuales –que también lo es– sino de crear condiciones de posibilidad, ver si es posible apostar a poner las diferencias a trabajar, que las diferencias hagan potencia más que obstáculo.

Es una apuesta que posiblemente más de uno no comprenderá. Se nos invita a tirar los cabos, mas no los galgos. Sólo se nos ha hecho un pedido: hablar del libro. Se trata, entonces, de honrar el convite.

Segunda cuestión: el estilo del libro. Genera todo un placer de lectura. Riguroso conceptualmente, va entre la trama y el trazo, todo con palabras que ella usa –“trama grupal”, “trazo singular”– va entre la trama y el trazo en el ir y venir de sus ideas, muestra un estilo que hace methodos . Hace caminos. Su camino con otros entre otros. Y estoy usando aquí la acepción griega, y no moderna, de método. Camino, sendero, y no técnica a aplicar, que sería el modo moderno del método.

Y entonces, en esos senderos que va abriendo, también abre sus caminos para pensar lo grupal. Estilo donde busca sus palabras, son palabras elegidas; las busca para pensar, más que palabras que expresan o reflejan lo que piensa. Buscando sus palabras borda pensamiento. No aplica el pensamiento de sus maestros, sino que pone a andar, pone a trabajar sus problemas, honrando –sí– sus linajes conceptuales, y borda, así también, sus propios pensamientos en el tema.

Es un libro, yo diría, que compone sus propios senderos estéticos, instaura un estilo y en las tramas y en los trazos de esa estética Graciela Jasiner piensa los grupos. Repiensa lo que ella ha pensado, piensa lo que ella sabe, y entiende mucho de los grupos.

Y ahí también configura sus políticas, políticas que se inauguran con la cita de Canetti, que abre el texto: “¿Habrá alguna idea que merezca no ser pensada de nuevo?”

Todo un placer de lectura seguirla en su aventura conceptual. Dice qué se propone desde el inicio y lo sostiene a lo largo de todo el libro. Cito: “No me ocuparé en este libro de grupos terapéuticos específicamente, ni de grupos [ sin ] coordinación. Tampoco trabajaré el tema de las lógicas colectivas. Parto de la convicción de que estas últimas no son suficientes para dar cuenta de los pequeños grupos.” Volveremos sobre esto. “Me ocuparé justamente de los pequeños grupos. Intentaré trazar algunas cuestiones sobre una lógica para trabajar con ellos, especialmente con los grupos centrados en una tarea”. Salteo. “Para pensar lo que me interesa hago una lógica borromeica en la que si una cuerda se suelta, el nudo se desarma. Me preocupan los dispositivos -estoy extractando- pero más aún las formas de intervención”. Y señala un interrogante que la acompaña desde hace mucho: “Cierta eficacia que pueden tener los grupos”.

Bueno, algunas muy rápidas puntuaciones porque tenemos poquito tiempo y seguramente con Graciela seguiremos charlando muchos temas que quedan ahí girando. Una cuestión atraviesa en mi modo de leer todo el libro, y es la conflictiva relación psicoanálisis-grupos. Difícil tensión en la que las conceptualizaciones están frecuentemente atravesadas por urgencias de legitimación institucional de la que personalmente me he corrido hace tiempo, no así de los aportes psicoanalíticos para pensar lo grupal, lo institucional e intervenciones comunitarias en las que trabajamos.

Tal vez por eso escuchaba el término que elegía Liliana de “osadía”. A mí siempre me quedó como un poco ajena, esa cuestión, porque si pensamos en realidad una característica de los grupalistas en la Argentina, desde siempre, es que a diferencia de otros países del mundo, han sido de formación psicoanalítica. Tal vez aquí hay que distinguir entre ser psicoanalista y, como diría Hernán, estar psicoanalista.

De todos modos voy a dejar una pregunta en relación a la cuestión de esta difícil tensión psicoanálisis-grupos, y es una pregunta que me parece que es simple y que atraviesa las distintas corrientes, las distintas escuelas, las distintas épocas históricas, y la verdad es que nunca pude contestar esto yo misma. ¿Qué amenaza el trabajo con grupos en las instituciones psicoanalíticas para que, cualquiera sea la orientación teórica y/o la inscripción institucional, despierte tantos reparos?

No se olviden del ejemplo de Bion, y lean en el libro cómo Graciela tiene que volver a diferenciar la cuestión del efecto masa diferente del efecto grupo. Cuestiones que han sido teorizadas una y otra vez en el mundo de los grupos y el psicoanálisis, pero que arma punto ciego y vuelve a insistir la desconfianza.

Un tema que me parece de lo más interesante del libro, por lo menos a mí fue de lo que más me cautivó, fue los capítulos dedicados al cartel y al nudo borromeo. Incluso la articulación que hace entre las dos cuestiones. Y va a tomar, justamente, esa noción tan rica de Lacan del nudo borromeo para pensar la lógica de los pequeños grupos.

Y acá voy a contar una anécdota. Cuando yo publiqué El campo grupal , que habrá sido en el año 88, 89, yo ahí trabajo el grupo como nudo y la idea de nudos conceptuales compuestos por muchos hilos y los enlaces y desenlaces de subjetividades en el nudo grupal. Y bueno, estaba Graciela en nuestra Cátedra y ahí empezamos a discutir los textos del libro, y ella me dice: “¿Por qué no trabajás la idea del nudo borromeo?” Y yo le dije: “Ésa tal vez será tu tarea”.

Y entonces, tiene particular emoción para mí ver que lo ha abordado, que es algo que piensa desde hace mucho, y que ha publicado. Porque hacer público no es lo mismo que pensar, ¿no? Uno tiene que poner en exposición lo más íntimo que uno tiene que son sus ideas. Y encima, se hacen de otros y siguen rodando.

Así que me pareció sumamente interesante cómo ella aborda esta temática, y va a decir, como subrayaba hace un ratito, que los grupos operan una lógica específica que no es la misma que la de las lógicas colectivas.

Y me parece bien este uso que Graciela hace de la expresión “lógicas colectivas”, en plural. Freud trabajó una de las lógicas colectivas, la relación líder-masa y sus efectos. Sin duda hubo una urgencia sociohistórica, en los comienzos del nazismo, de pensar la cuestión. Pero sería una totalización indebida suponer que ésta es la única lógica con la que pueden operar los grupos amplios o las multitudes. Por eso rescato este plural de lógicas colectivas.

De hecho, en mi última investigación sobre grupos autogestivos, en las fábricas sin patrón. Ahí podemos ver lógicas colectivas que están lejos de la relación líder-masa y sus efectos, ¿no?.

Esta lógica específica de grupos centrados en la tarea, con esta noción del nudo de los tres aros que si se desata uno se separan los otros dos, dice: “El nudo borromeo nos permite pensar la tarea en relación con el así llamado sinthome, el cuarto nudo . La tarea corresponderá a propiciar un anudamiento grupal, pero también –dice ella–, y ésta será la novedad, un anudamiento a las estructuras del sujeto”. Me parece que ésta es una de las cuestiones centrales en la conceptualización de este texto.

Y aún más, propone una articulación con las lógicas paradojales. Aquí yo asocio con Deleuze y la lógica del sentido, que ha trabajado extensamente la cuestión paradojal. ¿Por qué lógicas paradojales? Graciela dice “distintas lógicas que en acto indican la insuficiencia de cada una de ellas”. Por lo tanto, imposibilidad de pensar lo grupal –digo ahora yo- desde lógicas de objeto discreto y disciplinarias.

Otra cuestión que quiero resaltar de cómo pone a trabajar Graciela esta noción, es que no trata de aplicar una noción psicoanalítica del nudo borromeo, de un campo como es el psicoanálisis, de fuerte territorialización, a otro más amplio, más antiguo, más borroso, sino que pone a trabajar esta noción como herramienta. Y me parece que este libro es un primer paso en esta puesta a trabajar en esa herramienta, muy rica para pensar aquello de cómo son las sinergias de un pequeño grupo.

Ahora bien, si vamos a disciplinar un cuerpo teórico de tanta consistencia como el psicoanálisis, sin duda será necesario mantener fuertes cauciones de método. Dislocar un cuerpo teórico, decía, exige cauciones de método y poder trabajar en lo que no hace sistema –pensando en palabras de ella– con los restos que resisten la disciplina, lleva a una cuestión sumamente interesante cuando ella aborda esta relación grupo-tarea-estructura del sujeto.

Yo diría que esto que ella distingue, puntúa, pone a operar, lo operacionaliza como instrumento de lectura, lo conceptualiza, deja planteadas incluso las dudas que estas cuestiones nuevamente abren, me parece que es un hilo del nudo del problema de lo grupal. Y ella lo distingue y lo conceptualiza muy bien. Y entonces nos queda abierta una cuestión de cómo se combina ese hilo que ella pone en visibilidad y en principios de enunciado, con los otros múltiples hilos que anudan y desanudan en un colectivo, con independencia de su composición numérica, tipo de coordinación, inscripción institucional, si es coordinado o no por especialistas.

Decía, entonces, que este libro es un primer paso, y un primer paso muy bien dado. Tal vez habría que recordar que hay un interesante antecedente en la cuestión del nudo borromeo en los grupos, que es un viejo texto de Sergio Larriera, en una compilación que hizo Leonardo Sadne en el año 80, 82, y él también se preocupa por estas cuestiones, y allí también está la idea de nudo para pensar lo grupal.

Dice otra cosa muy interesante. Dice: “Un pequeño grupo se define por un modo tal de composición donde se podría advertir la falta de alguno de ellos”. Esto está muy bien, porque terminamos con los problemas de que si son diez, son cinco.

Ahora bien, miren qué interesante. Las asambleas autogestionarias son de cincuenta, por ejemplo, en una fábrica. Y sin embargo opera esta lógica, porque no puede faltar nadie. Uno que se vaya porque no está de acuerdo, o porque se enojó, se cae el proyecto. En una fábrica de trescientas personas que hay que ponerla a funcionar con cincuenta, cada uno es imprescindible. Hay una singularidad por la necesidad.

Yo ahí estuve trabajando lógicas colectivas, lógica de la representación, lógica de la multiplicidad, justamente lógicas que desbordan la dupla líder-masa. Pero cuando leí el texto de Graciela pensé: estos agrupamientos donde se puede advertir la falta de uno aún podrían ser pensados en esos agrupamientos donde además no hay coordinación de especialista. Es otra cosa.

Pero entonces habrá que pensar cómo opera la lógica borromeica en grupos multitudinarios, también. Me pareció muy interesante esta puntuación que tal vez ella hizo al pasar, pero en mí abrochó una tarea para pensar en dispositivos totalmente distintos a los que ella trabaja.

Y también ella va a tomar las vicisitudes de los cartel. Y advierte que muchas veces no puede evitarse, aun con el dispositivo del cartel, el efecto masa. No sé en el mundo de los lacanianos, que yo no conozco mucho, pero me parece que los grupalistas e institucionalistas no han hecho honor, todavía, a la sutileza institucionalista de Lacan de la introducción del cartel como dispositivo.

Ahora, ¿por qué razón un dispositivo tan sutil muchas veces no puede con efectos de idealización, de liderazgo, de hipnosis transferenciales, etcétera? ¿Qué factores institucionales y políticos hacen esto posible? ¿Qué otras lógicas institucionales, políticas, sociales, deseantes, más allá de las sinergias del pequeño cartel están operando en la producción de un saber y en el modo de conexión de quienes participan?

Me parece que en estas situaciones, como en cualquier otra, la lógica borromeica opera como condición de posibilidad. Pero más de una vez, por lo que Graciela relata allí, queda arrasada. Y esto podría, me parece, también compararse con otros efectos de la producción del conocimiento, como por ejemplo el matema.

Lacan abordó y disolvió un obstáculo importantísimo en la historia del psicoanálisis, que era una teorización del inconsciente imaginarizado en clave narrativa, un inconsciente de contenidos, intenciones. “Me olvidé de encontrarme con mi amiga”, eso quiere decir que “inconscientemente no quería ir”. Es decir, que es un sujeto en conciencia a contramano, esta idea de inconsciente tan particular que circulaba en los medios psicoanalíticos, en la formalización lacaniana rompe con este tipo de narrativas.

Sin embargo, lo inconsciente puesto en fórmula –que fue toda una operación conceptual, pero también institucional y política de Lacan– no pudo evitar otra imaginarización. Aquello de “resolvemos un problema pero nos surge otro”. ¿Y cuál fue la imaginarización allí? Que si está escrito en fórmula es verdad. Con lo cual se ontologiza una producción del conocimiento, y entonces es una de las vías fuertes por las cuales muchas veces nos encontramos con una imaginarización de una teoría completa, o un maestro completo. Y así, entonces, las metáforas se transforman en código, las errancias y latencias y terminales conceptuales en sentido único, etcétera.

Es decir que en la dinámica de la constitución institucional, en la dinámica de la constitución de estos grupos de tarea, siempre quedan ‘impensados'. Y es importante tener la disposición a pensar esos impensados.

La otra cuestión de la caución, para no esencializar, es estar advertido de que el hilo o los hilos de la operatoria con la conceptualización que uno distingue, es eso, un hilo. Un aro del nudo conceptual y no el todo. Estos hilos que uno elige tomar con mayor visibilidad, no sólo están causados por los referentes teóricos con los que trabajamos, sino que se vuelven visibles a partir de los actos y las inscripciones institucionales en que desplegamos nuestra práctica con grupos.

Ahora bien, queda entonces otra pregunta para pensar: ¿cómo se anudan y desanudan las lógicas borromeicas y las distintas lógicas colectivas que eventualmente producen una situación singular en un momento y en otro en los devenires de un agrupamiento? Distintas lógicas, había dicho Graciela, que indican la insuficiencia de cada una de ellas.

Y esto, distintas lógicas con su insuficiencia, necesariamente nos pone en un modo de producción de pensamiento que yo llamo “pensar incómodo”. Porque pensamos en los límites de lo que no sabemos.

Al final de su introducción, Graciela Jasiner dice: “Un libro no termina de realizarse cuando se escribe sino cuando encuentra un buen lector.” Auguramos a este bello texto muy buenos lectores. Amerita una lectura atenta. Como dije, ha sido un placer de lectura seguir su aventura intelectual, como también comprobar que a lo largo de sus desarrollos me encuentra entre sus interlocutores.

Coordinando grupos da cuenta, entre muchas otras cuestiones, de la inefable dupla de maravilla y horror, para citar al entrañable Pichon Rivière, del estar, hacer con otros.

Muchas gracias.

 

Luis Gui : Le damos la palabra ahora a Hernán Kesselman.

 

Hernán Kesselman : Voy a hablar desde un estar de conferencista afónico, al que le sale la voz por amor, por gratitud, por cariño, especialmente con Graciela y todos sus familiares. Porque David también forma parte de mi vida. No lo puedo dejar de citar, porque yo estoy siempre con un grupo de amigos, ¿no? Y amigos de los amigos. Todavía no nos hemos peleado, bah. Pero no va a hacer falta, a mi gusto.

Apenas llegué, retornado del exilio, mi reacción con Graciela Jasiner, con quien nos une además una amistad de nuestros propios hijos y de nuestros propios nietos –espero que sigan los bisnietos, también– es muy particular. Porque yo pienso que es una de las discípulas jóvenes del grupo de Pichon Rivière que yo conocí en la Escuela de Pichon Rivière que me produjo más admiración, más ganas de seguir charlando, más capacidad de asimilar algo que me doliera. Porque me lo decía con un cafecito en la mano y una sonrisa, y me decía: “Mirá, la crítica es así..., es un acto de amor”. Mejor que lo hagamos entre nosotros. Así nos vemos bien incompletitos todos.

Yo no venía de eso, no, nada que ver; venía de distintas formaciones. Me faltó una formación con Lacan, porque soy de las épocas... con Pichon y Pavlovsky, cuando fundamos plataforma en Roma, ... Con Ana [Quiroga], con Pichon, fuimos a un congreso de psiquiatría social a Londres, a Venecia, a Roma y a París, a la casa de Lacan. Que está citado en el libro de Graciela, de la Rue de Lille y la coincidencia que en ese número fuera justamente un lugar que Pichon quería ver. Además de Tristán Tzara, que era la sorpresa que le deparó Lacan, cenar con él, el lugar donde Lacan estaba viviendo, era el sitio donde había vivido Isidoro Ducasse.

... Al pobre Ducasse que había que tenido que aguantarse toda la guerra del sitio de Montevideo y fue tan monstruoso que hasta escribió Los cantos de Maldoror, con lo cual consiguió hacer lo más sólido de la historia, por lo tanto más siniestro y por lo tanto, como dice Enrique Pichon Rivière, lo más maravilloso que pudo acuñar el surrealismo en esa época.

Nombro esto, el surrealismo, porque como médico psiquiatra me formé en Lanas y no podíamos trabajar con grupos humanos. Me parece que hay una idea de robinsonismo ilusorio, y creo que en este libro se preocupa muy bien Graciela en señalar, que es con el Otro, el gran Otro, que se hace, justamente, el sujeto. En vínculo. Y vínculo es una palabra que nos da con las concepciones llaves. Graciela trae esa novedosa idea de Lacan, el concepto llave, y trae lo del llavero respecto. Pero no como un conjunto cualquiera, un rejuntado de llaves. Llaves que puedan ser diferentes entre sí, y a la vez configurar diálogo, antes que discurso .

Como médico psiquiatra, naturalmente, me formé con la idea de que tenías que venir de una lógica científica apoyada por verdades demostrables, que lo uno era lo uno y lo contrario era lo múltiple y que no podía haber idea de multiplicidad. En medicina, en psiquiatría, no existía, en ese momento una idea de multiplicidad. Y si era esquizofrénico, y se le daba al esquizofrénico una droga, y se anotaba un grupo familiar, pero no existía aún la idea de fractares, o de trozos, o de trozos del cuerpo grupal, donde cada uno tiene la posibilidad, en lo posible, de devenir otro al entrar en conexión mutuamente.

Estas cosas están señaladas en este libro. Yo tomé algunos puntos. Como psicoanalista fui muy privado, en algún sentido, de concepciones que en ese momento no pude plasmar, a pesar de que de alguna manera las pude llevar a cabo con ayuda de dos amigos que viajaban conmigo en el coche a Lanús. Y con que en los hospitales hay que hacer lo que se puede. Toda intervención que hace bien es buena. Y a veces nacen de los pacientes, a veces nacen de las enfermeras, a veces de los asistentes sociales, de los no diplomados, de la gente que espera. No importa el título, como no importa el diagnóstico.

Entonces, como psicoanalista fui muy formado en la lógica aristotélica, por supuesto, donde uno no podía hacer mucho, como dice el poeta con el que estoy más entusiasmado en este momento, trabajando, que es Fernando Pessoa, donde uno es muchos. Así como Rimbaud organiza la modernidad diciendo “ser en otro”. Al contrario, si uno se desequilibraba volver a hacer lo mismo era esta bien. E se estar bien, si exigía internación, medicación, psicoterapia, internación, lo que fuera estaba bien. Pero era una lógica donde no podíamos pensar que se podía, en lugar de llegar a la profundidad a través no de la reducción farmacológica o interpretativa, sino de la multiplicación.

Como Psicodramatista, aprendí en realidad de mis amigos más que nada. Yo no conocí a Moreno, conocí a Pech un discípulo de Moreno, que como yo era representante de la Organización Mundial de la Salud, me formó en grupos de formación, grupos especiales de taller con técnicas morenianas.

Pero entre Tato, que estuvo conmigo en Plataforma, fundando el movimiento, y Luis Frydlewsky , el discípulo del que más aprendimos, nos hicimos cargo de poder…

Me dicen que faltan dos minutos, voy a ver si en dos minutos termino. Dame dos minutos y veintitrés segundos y termino. Esta frase la suelo repetir cuando no tomo el viagra. Así que me salteo todo, mirá todo lo que había traído.

Pero me parece que de este libro aprendí. Me despojé... aprendí muchísimo, no sabía que Lacan había hecho tantas cosas por los grupos. Y qué bien que está lo del cartel, ¿no?, cuando lo echó de la Escuela, y qué bien que está tu crítica [a Graciela Jasiner], no solamente tu ojo crítico, así como en este grupo amorosamente crítico, así hay que ser crítico con el pensamiento pichoniano, y algunos son repetidores del ECRO, tal como cuando hicieron las clases de Pichon, repetidores como burros, digamos así, porque no lo abren, y siento que este libro abre. Sigue abriendo el pensamiento pichoniano.

Y termino ya directamente, no hablo ni de camino, ni de Umberto Eco, ni de obra abierta, ni de nuestros fantasmas, ni del SIPA (que es el Síndrome de Inmunodeficiencia Psicológica Adquirida que nos atraviesa socialmente), ni del efecto de los que creen que porque no se habla en un pequeño grupo, por ejemplo dentro de un consultorio, de Carlos Fuentealba no está dentro de ese histórico, no está atravesando lo que nos está pasando.

Tanto al integrante como al coordinador. Y creo que, en cuanto al coordinador, en Escenas temidas del coordinador de grupos , es donde empezamos a plantear también lo que Lacan planteaba, ¿no? La primera resistencia la tiene el analista...

Y entonces, para mí este libro abre –y con esto termino–, abre una cantidad de interrogantes que creo que el lector va a saber apreciar. Como se decía, una obra no está completa sino que está escrita para lectores que la van haciendo pedazos a gusto, y la van modificando.

Y termino con lo de Pessoa, porque es muy chiquito, es una frase de Pessoa, que tiene que ver con las certezas. Dice así: “Del secreto de la certeza, de todo me quedaron tres cosas: la certeza de que estaba siempre comenzando, la certeza de que había que seguir, y la certeza de que sería interrumpido antes de terminar”.

 

Luis Gui : Vamos a darle la palabra a Ana Quiroga.

Ana Quiroga : Buenas noches. Venía escuchando con detalle esta mesa, y me suena a un juego de armonías, y de coincidencias. Algo de lo que hay incluso en una entidad que estamos viendo desde distintos lugares, pero la estamos viendo.

Entonces yo querría compartir con ustedes que presentar un libro, y hacerlo con un texto que concierne a lo que es el propio campo de trabajo y a lo que es una experiencia cotidiana, al menos para mí, resulta una tarea profundamente convocante, y mucho más se acentúa el compromiso si quien escribe ese libro es alguien que ha estado y está ligada a nuestro quehacer y a nuestra vida desde hace mucho tiempo, como ocurre con Graciela.

Uso deliberadamente el término tarea, porque quiero aludir al sentido multidiensional que le diera Pichon Rivière, como un hacer que compromete al sujeto en el plano afectivo, el de la fantasía, de lo conceptual, de las resonancias de la historia personal, de lo consciente, de lo que no accede a la conciencia y, pensando en lo que acá se dijo, en lo que se es y lo que no se es aún.

La tarea previa, ésa, la que tomamos acá y por la que aquí estamos, implica la lectura y el análisis de lo escrito es –nosotros sabemos–, un diálogo con el autor, y tiene ya algo de la grupalidad, porque se da en él una situación de encuentro, de identificación, de interjuego imaginario de ideas y puntos de vista, y tiene algo de la grupalidad por lo que ilumina y por lo que abre en términos de pensamiento.

El libro de Graciela es un libro sobre grupos, pero a la vez tiene en sí mismo una dimensión de diálogo grupal. Al verlo me surgen imágenes de múltiples autores que se muestran presentes en el trabajo de este libro; con los que de alguna forma Graciela ha dialogado, pero a la vez ha podido –que también es un objetivo en los grupos– desarrollar su palabra, su autoridad.

En este sentido, uno podría decir casi es un libro erudito, pero no quiero decir eso. No diría nunca eso, o no lo digo, porque percibo en él esa vitalidad profunda del co-pensar, del pensar con, del pensar a partir de, articulando lo propio con lo que fue elaborado tanto hoy como en otros tiempos y en otros campos disciplinarios.

Resalto esta imagen, la de Graciela en diálogo interno con interlocutores múltiples –algunos de ellos acá presentes– porque me evoca, aún cuando no sea idéntica, la modalidad de lectura que aprendí con Enrique Pichon, y que hoy continúo ejerciendo por la riqueza que da. ¿Qué hacía Pichon? Armaba con textos, con textos diferentes, un grupo imaginario de autores, y seguía un tema a partir de distintas perspectivas y concepciones. Allí teníamos ya la diversidad articulándose en torno a una misma cuestión. Lo que hace a lo que él llamara “epistemología convergente”, que no es en modo alguno eclecticismo.

Este texto, Coordinando grupos , en los minutos que disponemos –no quiero que me llegue un papelito [ risas ]– quiero señalar que lo que más me impactó en lo que me encuentro, y que me impresiona como una idea de fecundidad –voy a señalar eso–, y me refiero al tratamiento que hace de la tarea en tanto creación anudada, con múltiples intersecciones.

Es decir, que Graciela captó, tanto en el campo grupal en que trabaja como en el pensamiento de Pichon Rivière y de sus otros maestros, esa particular característica de la tarea en tanto movimiento creativo, y penetró profundamente en él, lejos de la tan limitadora simplificación desde la que muchas veces se interpreta ese acontecer de la tarea y los conceptos que intentan aproximarnos a su comprensión.

Este indisoluble entrelazamiento de la tarea con el proceso de elaboración que abre paso a la creación, a la emergencia de lo nuevo, a la ruptura o la redefinición de lo previo, se da tanto en la dimensión subjetiva como en la vincular. La presencia del vínculo, del descentramiento, es señalada por Graciela en términos de lo que hoy resulta tan costoso –siempre resulta, pero está más agudizado por ese síndrome que dijiste vos Hernán recién, que es la renuncia al narcisismo. La renuncia a un pensamiento acabado y sin fisuras, un baluarte en el que es sujeto vulnerabilizado por las sucesivas crisis y colapsos de las instituciones, por la ausencia de apoyatura en el orden social, por la redefinición de la representación social de los grupos, a lo que tantas veces se vive más como amenaza que como sostén, ese sujeto, decía, tiende a encerrarse muchas veces clausurándose en las ilusorias fronteras del yo, de la propia piel, y quedando en soledad. Y eligiendo realmente la soledad.

Teniendo en cuenta esta actual situación de los procesos grupales, que tanto nos desafían a quienes trabajamos en ellos, no pude sino preguntarme si una escena que compartimos con Graciela, una escena quizás surrealista, que la compartimos en los inicios de la década del 70 y que ella rememora en el inicio de uno de los capítulos, me pregunto si esa escena sería posible hoy.

Por eso voy a contarla. Me refiero a un grupo de alumnos de la Escuela que me tocó coordinar. El grupo, para funcionar, salía cada miércoles de la Escuela, del hábitat de la Escuela, caminaba una cuadra por la calle Suipacha , con frío, con lluvia, con tiempo agradable, ¿para qué? Para entrar en la sala Planeta , un teatro en que trabajaba alguien que también fue alumno de la escuela, que era Carlos Gandolfo, y allí transitábamos en semipenumbras una muy estrecha pasarela que estaba en lo alto y que recorría el techo del escenario.

Allá abajo, en el escenario, y como parte del decorado, yacía un muñeco en un ataúd. Para nosotros, ese camino era siempre una aventura. Era una inagotable fuente, obviamente, de chistes de humor negro. Pero era una aventura porque era la época del grupo pasión o de la pasión por lo grupal.

Creo que hoy, el no ser albergados en el mismo hábitat que los otros, el enfrentar esa presencia de lo siniestro sería inmediatamente vivido como maltrato, generaría sospechas y susceptibilidades, vivencias de exclusión, quejas. Esa cultura de la queja que hoy es un objeto de investigación y que se desencadena y se instala con tanta frecuencia en los grupos.

Y es como dice Neruda: “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. Sin quedar atrapados en la nostalgia, comprendamos que una historia de dolor, de muerte, de frustración, de coexistencia con lo espantoso, que no ha sido lo necesariamente dejada atrás y que no ha encontrado el suficiente espacio social y psíquico para su elaboración, hace de nosotros sujetos fragilizados. Esa fragilización se articula como un radical individualismo que se ha impuesto como ideal hegemónico. No casualmente, sino desde un orden mundial.

Resulta por esto tan significativo un aporte a la comprensión de lo grupal y la coordinación de los grupos en este momento tan complejo, ya que en los grupos –y quienes aquí estamos mucho sabemos de los distintos grupos donde trabajamos– hay también potencia, innovación, construcción de sujetos. Y espero que este aporte se convierta en proceso que afortunadamente nos sorprende cada día y nos invita a penetrar lo que Hernán Kesselman ha llamado “el misterio de los grupos”.

En síntesis, esta obra es un camino para desplegar la inquietud. Inquietud en el sentido cotidiano, e inquietud en el sentido que le diera Winnicott, como preocupación por el otro. Ese otro con quienes día a día convivimos en el grupo.

 

Luis Gui : Le damos la palabra a Isidoro Vegh.

 

Isidoro Vegh : Buenas noches. Es para mí ciertamente un gusto presentar este libro de Graciela y compartir esta mesa con colegas a quienes me une una larga y muy grata historia.

Este libro se presenta desde su tapa, como dice explícitamente: coordinando. Es decir, no dice “Grupos coordinados” o “Grupos que coordinar”. Dice “Coordinando”, un gerundio. No es un ser sino un siendo. Está en movimiento.

Y tiene como subtítulo “Una lógica para los pequeños grupos”. Es decir, que ya nos marca desde el comienzo dos coordenadas. Una que tiene que ver con lo que especifica el campo de la cientificidad. Si algo diferencia a la ciencia o al campo de la cientificidad de la religión es que el campo de la ciencia comienza por poner el límite de aquello que no va a tratar. Reconoce aquello donde no va a incidir, el límite de lo que no va a abordar.

Decir, entonces que se va a dedicar a los pequeños grupos quiere decir que no se va a dedicar a los grandes grupos, a la lógica colectiva, etcétera, etcétera.

Esto es un principio básico del campo de la ciencia: no responde a todo. Delimita un campo específico.

Y dice, además, “una lógica”. Está en la tapa, ustedes lo pueden ver, pero como disimulado en el mismo color del fondo, una elipse. Una elipse que además tiene como unas pequeñas crucecitas, y que al costado se nos revela entonces de qué se trata, porque hay ahí como un cero barrado, es decir, lo que se suele usar en lógica como subconjunto vacío.

Es decir que está conjugando dos formulaciones que están explicitadas en el texto. La elipse quiere decir Kepler en vez de Copernico. Quiere decir “no hay un centro”. El conjunto con el subconjunto vacío y un elemento afuera quiere decir “no hay todo”. Lo que cualquier libro de teoría de los conjuntos, sea algebraica o intuitiva, va a escribir en la primera página. No hay conjunto universal.

Esto define desde el vamos una posición. Una posición que está explicitada como anhelo en el libro. Y es a partir de una práctica realizada con lo que se llama grupos centrados en la tarea –en vez de CGT es GCT [ risas ]–, se trata de establecer, en relación a esa práctica, una reflexión teórica. Una reflexión teórica desde ciertas coordenadas. Que recorre, con la humildad que corresponde al campo al que pretende adscribirse con estas menciones desde la tapa, haciendo un recorrido por todos aquellos que intentaron trabajar y reflexionar el campo de la operatoria de los pequeños grupos.

Fue mencionado Bion, el maestro Pichon Rivière, y sin duda toda una colección de psicoanalistas y de gente que ha intentado elaborar eso.

Y hay algo que es tan evidente que ni lo mencionamos, pero lo digo así: ustedes y yo, todos, somos hijos de un grupo. Ahora, claro, decir así “un grupo” es como un acercamiento empírico. Acá se pretende una lógica.

¿Qué es una lógica? Lo voy a definir como lo define Wittgenstein en su Tractatus lógico-filosófico . Wittgenstein dice: una lógica es el establecimiento de una regularidad. Encontrar una lógica quiere decir encontrar una fórmula que se repite en distintas circunstancias empíricas.

¿Y qué valor puede tener encontrar una lógica? Hace algún tiempo, identificado con el gran poeta Rainer María Rilke (es decir, no era más que una aspiración mía, ciertamente), escribí lo siguiente: “Joven analista, si quiere ser un buen práctico, practique la teoría”. ¿Por qué? Porque cuando uno puede tener más o menos situada cuál es la esencia de la eficacia a la que aspira, tiene más libertad.

Es como Freud, que podía atender a Catalina en la escalinata de una montaña. No necesitaba esa rutina anglosajona del setting , el famoso encuadre, para que el psicoanálisis no se perdiera. Si está definido del modo hasta donde el horizonte nos permite –ciertamente no se trata de algo cerrado, fue varias veces planteado lo del libro abierto, pero hasta donde nuestras posibilidades nos lo permiten– cuál es la eficacia a la que apuntamos y cuál es el objeto al que nos consagramos, entonces podemos operar, como lo mencionó muy bien Hernán Kesselman, en un hospital. Podemos ser, como está mencionado en el libro, buenos discípulos barreros del maestro Pichon Rivière.

Pichon decía que hay dos tipos de jugadores de fútbol: el jugador fifí, que sólo juega cuando la cancha está seca y con el pastito bien cortado, y después está el jugador barrero, que juega en donde sea, venga la cancha como venga.

Pichon nos enseñaba a todos los que tuvimos el gusto –hasta diría el lujo de tenerlo como maestro– nos enseñaba a ser barreros. Pero para ser barreros de un modo que no sea solamente algo así como el anhelo de una buena intención, es preciso también lo que hace Graciela en este libro. El esfuerzo de transitar, de interrogarse, con qué concepto yo me acerco a este campo.

Porque ya desde Freud sabemos que el primer acercamiento a cualquier campo siempre está plagado de prejuicios. Como lo dijo Marx: si la verdad se mostrara a cielo abierto, la ciencia no sería necesaria. ¿Quién podría decir con cualquiera de los elementos que llamamos materia, de un modo intuitivo, y que nos parecen absolutamente sólidos, que están construidos mayoritariamente por espacio vacío, que es lo que nos enseña la física atómica? Rompe con nuestro imaginario.

Entonces, la primera posición que cualquiera que quiera abordar un campo, en este caso, de los pequeños grupos, tiene que tener, es una posición de humildad. Es decir, que practicar la teoría no es algo así como un anhelo sofisticado, un anhelo para países del Primer Mundo. No. Practicar la teoría quiere decir “me sitúo en la posición propia del científico, que es de no saber”. De interrogar los pre-juicios que me habitan.

Bien, éste es el mérito del libro de Graciela. Recorre los antecedentes, no reniega de ellos, los valora, los agradece, y luego dice: “Voy a intentar reflexionar qué sucede en los pequeños grupos desde una lógica”. Y no cualquiera, lo explicita, dice: “…desde las coordenadas del psicoanálisis”.

No dice que hace psicoanálisis de grupos, dice que va a reflexionar los pequeños grupos desde las coordenadas del psicoanálisis. Y más específicamente, plantea lo que ya fue mencionado en las distintas exposiciones: cómo a ella le sirve para pensar qué sucede en esos grupos que ella llama centrados en una tarea, lo que Lacan escribió en la última etapa de su enseñanza. Lo que se llama en la matemática moderna la escritura nodal. Especialmente uno de los nudos, llamado nudo borromeo.

Bien, ella se anima a meterse en eso, a entreverarse, a perderse, a equivocarse, a sacar sus conclusiones, y a proponer intervenciones. No se queda solamente en una reflexión teoricista. Por ejemplo, plantea intervenciones de ligadura, intervenciones de corte. Plantea un tiempo primero de lo que ella llama alojamiento, y hace además una referencia a este gran filósofo que fuera Martin Heidegger. Es decir que esta reflexión a su vez la incita a plantear modos de intervención.

Bien, creo que con lo que dije puedo quedarme contento pensando –dado que ella me reconoce como maestro–, pensando que esta discípula hace honor a lo que yo confiaba que ella iba a hacer. Cuando me invitó, un poco me sorprendió. Pensé para mí: ¿qué hago yo con los colegas que sé que han dedicado gran parte de su vida a trabajar con grupos? Y pensé: y bueno, si yo también lo hice toda la vida. Si mi primer paciente, me acuerdo, cuando era discípulo de Pichon Rivière, fue un grupo de pacientes psicóticos. Y trabajo continuamente con todo tipo de entrevistas. Es decir, me he formado en la escuela de Pichon y si bien tengo mi enorme deuda con Freud, con Lacan, lo he dicho montones de veces, pero mi maestro, con quien yo tuve contacto personal, de quien aprendí un cierto estilo, lo he dicho muchas veces, lo he puesto incluso como dedicatoria de un libro, fue Enrique. Enrique Pichon Rivière.

Y lo que Enrique nos enseñaba era a intervenir en cualquier circunstancia sin que se notara que era una interpretación. Con los años, cada vez lo aprendo más. Usando un poco la terminología de buen humor que tiene Hernán Kesselman, lo voy a decir así: cada vez con más cara de boludo [ risas ]. Todo lo contrario de ese didacta que dice “lo que usted me quiere decir…”. Ni se nota que es una interpretación, yo creo que si un paciente pasa con mi consultorio dice “¿qué pasó ahí?” Y, qué sé yo qué pasó ahí. Un día me regaló un libro, otro día me contó un cuentito judío, el otro día me hizo un juego de palabras lacaniano que sólo él lo habrá entendido…

Bueno, yo creo que me quedo contento porque veo que Graciela se ha animado entrar… varias veces algún amigo me preguntó: “Isidoro, ¿vale la pena investigar grupos?” ¿Por qué no? Depende cómo lo haga. Si te ponés el sombrerito freudiano de la aventura y te animás, como Freud, a dejarte interrogar por lo real, adelante. Ahora, si vas a ir con la certeza de antemano ya puesta, te diría que va a ser un camino estéril.

Creo que este libro merece entonces ser bien recibido, por lo que el aplauso que me van a dedicar y se lo transmito al libro de Graciela.

 

Luis Gui : Bien, vamos a darle la palabra a Graciela Jasiner.

 

Graciela Jasiner : ¿Qué puedo decir? La verdad que lo que acaba de acontecer me conmovió profundamente. Cada uno de los que habló en esta mesa es alguien importante para mí, y la verdad que les agradezco muchísimo la calidez, la rigurosidad teórica con que pusieron a trabajar mi libro. Este libro que hoy está dejando ya de ser mío y tal vez está empezando a ser un poco de todos ustedes.

Quiero agradecer a Lugar Editorial la apuesta que ha hecho con este libro. A Graciela Rosenberg, a Patricia Stilstein y a Edgardo Imas por el cuidado que han puesto en esta edición. Agradecer a la Sociedad Científica Argentina que esto hoy se esté realizando aquí, a [ no se entiende ] por coordinar esta mesa. A mi maestro, Enrique Pichon Rivière, que tan tempranamente me enseñó a creer en la magia y en el júbilo de los grupos. A los profesionales de hospitales que hoy están aquí y que permanentemente siguen formándose. A los docentes y coordinadores del Instituto de Investigaciones Grupales, que me acompañan tanto en la tarea. A mis discípulos, a los alumnos, que ojalá encuentren en este libro algo que los acompañe en su trabajo cotidiano. A mis entrañables amigos que están hoy aquí. Y quiero agradecer mucho a mi familia, que en la sencillez de lo cotidiano me acompaña en esta aventura.

Decía Borges que de todos los instrumentos inventados por el hombre, el más asombroso es el libro. La verdad, yo escribí este libro en soledad, aunque había gente siempre alrededor. Pero uno escribe y lee en soledad. Y probablemente, cada uno de ustedes también lo lea en soledad. Sin embargo, ojalá que estas palabras que escribí, este texto, propicien tramas con otros aun en la diversidad.

Tal vez fui dicha en las páginas de este libro, y lo único que me resta comentarles es que es un libro muy querido por mí, que se fue tejiendo al calor de la teorización del trabajo con grupos y de la formación de coordinadores de grupos.

Y tal vez, para terminar, les diga que, como dijo Borges, por momentos ir escribiendo este libro fue una forma posible de la dicha. Nada más.

[ aplausos ]


 
 

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